Queridxs lectorxs:

Hoy les escribe Aarchi.

La apariencia es una de las cosas más importantes para esta generación. Como mujer joven, sé que cada mes surgen nuevas tendencias debido a las redes sociales y a las marcas de moda rápida, marcas que utilizan tejidos sintéticos como el poliéster, el satén y el nailon.

Sin embargo, en mi opinión, el mayor problema no son los tejidos en sí, sino el hecho de que compramos mucho más de lo que necesitamos; toda esta ropa terminará, a la larga, convertida en simple basura, perjudicando así nuestro medio ambiente. En otras palabras, las personas que invierten en la moda rápida y la usan durante tres años son más sostenibles que alguien que compra ropa nueva, de moda lenta y sostenible, cada mes. La moda rápida afecta negativamente a nuestro medio ambiente. Es el segundo mayor consumidor de agua y responsable de aproximadamente el 10 % de las emisiones globales de carbono, más que todos los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinados. Los tintes y colorantes económicos contaminan las masas de agua.

La «moda rápida» también tiene un impacto social negativo, especialmente en los países en desarrollo. Este término hace referencia a la producción acelerada de prendas de vestir, realizada generalmente de un modo que sacrifica la calidad en aras de la cantidad. Con el fin de mantener un nivel de producción a un coste que permita al consumidor adquirir ropa en grandes cantidades, muchas empresas de moda rápida buscaron la manera de reducir gastos en la cadena de suministro. Para lograrlo, estas compañías comenzaron a trasladar su producción a países en desarrollo, aprovechando así una mano de obra más económica y una menor carga regulatoria.

La industria de la moda rápida emplea a aproximadamente 75 millones de trabajadores fabriles en todo el mundo. De ese total, se estima que menos del 2 % percibe un salario digno. Esta situación condena a los trabajadores a vivir por debajo del umbral de la pobreza; de hecho, el Parlamento Europeo ha llegado a calificar las condiciones laborales de los obreros de las fábricas en Asia como «trabajo esclavo».

El 80 % de las prendas de vestir son confeccionadas por mujeres jóvenes de entre 18 y 24 años. Asimismo, existen numerosas pruebas de la existencia de trabajo forzoso y trabajo infantil en la industria de la moda en países como Argentina, Bangladés, Brasil, China, India, Indonesia, Filipinas, Turquía, Vietnam y otros. Además, la salud de los trabajadores se ve gravemente afectada por las condiciones laborales. La producción de ropa de moda rápida implica el uso de alrededor de 8.000 productos químicos sintéticos, algunos de los cuales han sido relacionados con el cáncer. Los trabajadores de las fábricas están expuestos constantemente a estas sustancias y las inhalan de manera regular. Asimismo, no se pueden ignorar los peligros estructurales, como el colapso del edificio Rana Plaza en 2013 en Bangladesh, donde murieron más de 1.100 personas y alrededor de 2.500 resultaron heridas.

La moda rápida también afecta a los consumidores. La ropa sintética libera microplásticos que se depositan en la piel y pueden causar inflamación y alteraciones hormonales. Por ejemplo, los ftalatos —comunes en el poliéster y otros materiales— actúan como disruptores endocrinos e interfieren con varias hormonas. También provoca una pérdida de identidad personal, al seguir las tendencias cambiantes en lugar de encontrar un estilo propio. Asimismo, surgen el estrés y la presión social, especialmente entre los jóvenes. En última instancia, el emergente movimiento de la «moda lenta» podría ser la solución a este problema, siempre y cuando tengamos presente que no se trata meramente de otra tendencia, sino, de hecho, de una mejor manera de elegir vivir y dejar vivir.

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